DE LA VAQUERÍA DEL MAR A LA GLORIA DE COLOMBES

El historiador Francisco Bonilla nos aporta un repaso inteligente y ameno de la historia patria, desde la colonización a los triunfos futboleros
La ausencia de metales preciosos se muestra como la razón más relevante del tardío interés de la corona española por la Banda Oriental. Eran tierras de ningún provecho.
La sorprendente reproducción del ganado bovino que tuvo su origen en las escasas decenas de animales que por voluntad de Hernandarias fueron dejadas en 1611 en nuestro litoral oeste, fue la base de una riqueza a la cual estuvo ligado el destino de nuestro país. La ganadería cimarrona que tuvo una suerte de enorme e inagotable “cantera” en la llamada Vaquería de la Costa de la Mar de Castillos o simplemente La Vaquería del Mar, vino a aportar a la Banda Oriental el valor económico que hasta entonces no poseía. Resulta casi imposible dejar de relacionar esta riqueza con cualquier episodio de nuestra historia, la cual al estar libremente disponible y en abundancia, produjo la atracción de aventureros de diversas latitudes para dedicarse sobre todo al negocio de la corambre. Es especialmente significativa la codicia que este ganado despertó en Portugal dado su protagonismo en varios momentos de nuestra historia.
El profesor Jesús Perdomo relata que en el año 1705 desde esos parajes se arriaron 420.000 cabezas de ganado por parte de misioneros jesuitas acompañados de indios guaraníes. Es la mayor arriada de la que se tenga noticia
Artigas y el período de ocupación luso brasileño
En 1811 la revolucionaria convocatoria de Artigas mereció el decidido apoyo de toda la campaña oriental y el poder español quedó limitado al recinto amurallado de Montevideo. El triunfo de Las Piedras lleva a su designación como jefe de los Orientales. Éxito parcial y efímero ya que en virtud de un armisticio que puso freno a aquellas conquistas, emprendió su retirada de la Banda Oriental conocida como “La Redota”. La historia continúa sus vaivenes y en 1815 el caudillo oriental llega al apogeo de su influencia. Son tiempos de La Liga Federal en los que Artigas es nombrado Protector de los Pueblos Libres.
La decisión de llevar adelante su Ley Agraria despierta la fuerte oposición de los hacendados que ven confiscadas sus tierras para ser entregadas a la población más desprotegida. La posterior ocupación, primero luso brasileña (1817-1824) y luego brasileña, sumó fuerzas con los terratenientes locales para hacer retroceder, no sin dificultades muchas veces de tipo legal o prácticas, aquella entrega de tierras iniciada en 1815. Acuciado Artigas por las fuerzas invasoras, se retira al Paraguay desde donde nunca quiso regresar.
Intereses de Brasil, de Argentina, así como de quienes integraban las Provincias Unidas del Río de la Plata, se enfrentan en un conflicto a tres bandas que en virtud de un estancamiento de hostilidades parece no tener fin. Hasta la aparición de Gran Bretaña mediando en un conflicto cuya solución no le es indiferente ni política ni comercialmente para prácticamente redactar la Convención Preliminar de Paz que se firma en Río de Janeiro el 2 de agosto de 1828 y se ratifica luego en Montevideo el 4 de octubre del mismo año. Este documento debería asumirse como la verdadera partida de nacimiento del Uruguay independiente. No era precisamente este por cierto el sueño de Artigas.
El demonio, el mundo y la carne
Entre las características más salientes de lo que se llamó La Cultura Bárbara (BARRÁN: 1989) desarrollada básicamente entre 1800 y 1860, se encontraba la habitual relación del hombre con los facones y cuchillos para carnear el ganado. La sangre se encontraba allí por doquier en función de los métodos inclementes utilizados por los operarios de los mataderos. Puede advertirse que los instrumentos para matar el ganado eran a su vez armas y que según un testimonio anónimo citado por Barran, “Juzgan la vida de sus semejantes poco menos que la de un novillo”. Época de violencia presente en la vida cotidiana, de excesos, de desbordes de sexualidad impúdica y de un macabro exhibicionismo de la muerte tratada como espectáculo. Era ciertamente el desorden de los instintos.
Se vivía en un ámbito donde las comunicaciones eran escasas, la gente caminaba por calles de tierra, la higiene era tan precaria que era común cruzarse con cerdos en la vía pública y hasta se debían soportar los olores propios de las necesidades hechas en las calles.
Vale la pena detenerse en lo que era la vida en aquel entonces en lo que hace a salud y sobre todo a mortalidad. Principalmente el sarampión y la difteria llevaron a que la alta natalidad registrada quedara empañada por una alta tasa de mortalidad infantil. Anotaba la profesora Marta Canessa de Sanguinetti que justamente no era raro encontrar familias donde los nombres de los hijos se repitieran, ante la seria posibilidad que alguno de ellos falleciera. No sólo por causas naturales morían en aquella época los niños. No faltan autores que citan el infanticidio, en ocasiones provocadas por los propios padres, quienes por gozar de poderes absolutos sobre sus hijos habitualmente los castigaban usando para tal fin objetos contundentes. Dada la violencia imperante en todos los rubros, muchos mayores encontraban también la muerte en las frecuentes revueltas de la época o en duelos a facón provocados muchas veces por excesos en el consumo de alcohol.
Pero también eran tiempos de una economía de la abundancia, sobre todo en virtud de la riqueza ganadera. A mediados del siglo XIX se poseía el mayor número de vacunos y yeguarizos por habitante del mundo. Concretamente, en 1866 se calcula había cinco millones de cabezas de ganado. Se daban condiciones excepcionalmente aptas para la multiplicación del ganado sin
El consumo promedio de carne era de ½ quilo por persona por día. La alimentación era particularmente barata y puede así reputarse como cierta la hipótesis de que tal facilidad para mantenerse con el estómago lleno llevó a una conducta de poco apego al trabajo y podría decirse que hasta de holgazanería. Decía el arzobispo de Montevideo Mariano Soler que la ociosidad es la almohada del diablo. En 1815 desde su campamento en Purificación, Artigas da a conocer su célebre Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y seguridad de sus hacendados, más conocido como Reglamento de Tierras, cuyo artículo 27º reza: “Aprehender a los vagos remitiéndolos a este cuartel general o al gobernante de Montevideo para el servicio de las armas.” En 1826 se fundamentaba la necesidad de la creación del cuerpo de Policía para evitar la delincuencia y obligar a la gente a trabajar. Había ocio y también voluntad para combatirlo.
“La domesticación del cuerpo y del alma”
Una nota en la separata La Lupa del semanario Brecha de febrero de 1990 nos permite sintetizar las características de lo que Barrán dio en llamar la época de “El disciplinamiento” (1860 – 1920). Las clases dominantes, sin bien en ocasiones sus miembros eran protagonistas de algunos de los excesos de “La Cultura Bárbara” que antecedía, se manifestaban cada vez más contrarios a esa forma de vida que provocaba su ira. Fue así que se pasó gradualmente a una domesticación de las pasiones, a un control social que comprendió incluso a los niños. Y ello se hizo desde las instituciones, especialmente a través de la Policía, la Iglesia y la Escuela. Era un intento de aproximarse a la modernidad.
Los inmigrantes
Haciendo de alguna manera honor a la verdad, aunque con un particular sentido del humor, el historiador Washington Reyes Abadie dijo alguna vez la ya célebre frase que los uruguayos “descienden… de los barcos”.
El siglo XIX es el del arribo de los grandes contingentes migratorios. Según un estudio citado por Renzo Pi Ugarte y Daniel Vidart, la llegada de los inmigrantes europeos se produjo en sucesivas oleadas. Las mismas serían:
1) Comienzos republicanos hasta la Guerra Grande y se le conoce como el período francés. 2) Finalizada la Guerra Grande, comenzaron a llegar inmigrantes que en gran medida prefirieron el campo y tendieron a tornarse neolatifundistas.
3) 1875-1879. Aporte migratorio del 17,5% de la población.
4) 1902-1913.
5) 1918-1930. Llegada de eslavos, armenios, judíos y sirio libaneses.
La casi ausencia de población indígena, fuere ya por muerte natural o matanzas organizadas por el propio Estado, puso cada vez más en evidencia la presencia de inmigrantes. Individuos que no siempre llegaban como aventureros sino en gran medida huyendo de una pobreza que asolaba buena parte de Europa y en especial sus áreas rurales. Existieron claro otras causas. Para sólo citar dos situaciones relacionadas con técnicos que realizaron obras de gran relevancia, se conoce el del Ing. Luigi Andreoni (Hospital Italiano, Estación Central de AFE, Club Uruguay) que prefirió alejarse de Italia debido al enfrentamiento que mantenía con su padre o el del arquitecto italiano Carlo Zucchi (Casa del presidente Giró, Teatro Solís, Hospital Maciel) quien debió refugiarse en estas latitudes por motivos políticos.
No puede pasarse por alto la llegada al país de lo que podríamos llamar bajo ciertas licencias, inmigrantes involuntarios. Desde que Montevideo fue designado puerto único de entrada de esclavos para la zona sur del continente, comenzó a incrementarse hacia nuestro territorio el comercio de individuos arrancados por la fuerza de sus tierras y considerados como un bien mueble. A la población este negocio le resultaba una práctica rutinaria y normal. Todos recuerdan a Francisco Antonio Maciel sobre todo como un filántropo al que por sus obras se le llegó a conocer como “El Padre de los Pobres”. No es tan sabido que también se dedicó al negocio de la compra – venta de esclavos y en su momento a nadie le resultó contradictorio ejercer ambas cosas. En Montevideo para 1803 de 4676 habitantes, 899 eran negros esclavos. Algunos iban a parar al desagradable trabajo de los saladeros (negocio al cual también se dedicaba Maciel) y otros terminaban al servicio de familias más que nada por factores de prestigio social que por motivos prácticos. El proceso abolicionista no sólo fue largo, sino descaradamente resistido. Siendo Gran Bretaña quien dominaba a través de sus buques el traslado de la mitad de los esclavos hacia el continente americano, resulta el menos irónico que desde Londres se decida más tarde prohibir y combatir ese tráfico. Esa disposición se concretó a través de fuertes medidas a nivel internacional, particularmente en los mares, que a la postre resultaron el factor preponderante para hacer efectivo el final de aquella práctica aberrante.
El gobierno de Latorre
Iniciando el llamado período militarista, en 1876 el Cnel. Lorenzo Latorre, que también era un político,se erige como presidente de facto del país. Esta condición ha contribuido en gran medida a cierta demonización de su figura. Analizando su actuación al frente del país (1876 – 1879 como gobernador de facto y presidente constitucional de 1876 y 1880), puede considerársele iniciador de cierta modernización, rol éste que continuará y profundizará José Batlle y Ordóñez trece años más tarde. Durante su mandato se lograron significativos avances en seguridad y orden, sobre todo a través de la represión de elementos antisociales y creó las condiciones para una explotación racional de la ganadería, en especial a través del cercamiento de los campos. Esta medida, en principio bien recibida en algunos sectores, produjo cambios de diverso signo: desaparición de la clase media rural, así como de las pequeñas y medianas propiedades, desocupación por ya no necesitarse el control de campos ahora bien delimitados con sus correspondientes haciendas. Se estima que para 1880 había 40.000 desocupados rurales. Pero ante todo debe resaltarse que el alambramiento de los campos significó la desaparición del gaucho, personaje mayormente apegado a una vida errante y sin ataduras, de carácter más bien orejano y hasta levantisco, obligado por la fuerza de las circunstancias a convertirse en peón asalariado. Entre los logros positivos no deben dejar de mencionarse el estímulo a la producción industrial, nuevas vías de comunicación y una reforma de la enseñanza primaria donde tuvo particular destaque la obra de José Pedro Varela.
Decía por entonces Domingo Ordoñana, líder de la Asociación Rural: “Las consideraciones que hemos aducido nosotros para prestigiar el cierre de la propiedad, más bien fueron razones de orden moral que de orden físico, porque con el cierre queda la división bien hecha entre los que son terratenientes y los que viven de la condición de agregados, y éstos que son numerosos, deben perder toda esperanza de ser ganaderos ni de ser útiles en la ganadería industrial y deben necesariamente doblar la cabeza sobre el arado que es su vida y su porvenir”.
El ocaso de las guerras civiles
Anotaba José Pedro Varela en 1876 que en 45 años el país había sufrido 18 revoluciones (y contaba mal porque en realidad habían sido 19). Concluía así que “La guerra es el estado normal en la República.”. Brutal aseveración que de haber vivido algunos años más podría haber reiterado aún con más argumentos, pues las guerras civiles siguieron multiplicándose en un país que por vía de la fuerza o de acuerdos, había quedado partido en dos: el norte era de los blancos y el sur de los colorados. Aparicio Saravia, “el águila del Cordobés”, se había transformado en protagonista infaltable de alzamientos. El último fue en 1904 cuando inició un enfrentamiento militar contra el presidente José Batlle y Ordóñez, donde los motivos declarados eran más bien banales y si se quiere en realidad no parecen a la luz de nuestro tiempo considerarse más que como disparador de un enfrentamiento esperado. Las acciones mostraron una alternancia algo aleatoria de uno y otro color en lo que a éxitos militares se refiere. La tropa de Saravia si bien numerosa, se desplazaba a caballo con algunas pocas armas de fuego y mayoritariamente sus soldados sólo usaban sables, cuchillo y las viejas lanzas de otras revoluciones. Se enfrentaban a un ejército regular, entrenado, que se desplazaba en tren, se comunicaba por telégrafo para transmitir órdenes y su armamento consistía en varios cañones, modernas ametralladoras y fusiles Máuser con un alcance que superaba los mil metros. Las diferencias eran demasiado notorias y a las mismas se sumaba que muchos sectores de la población ya no deseaban más guerras, con lo cual el apoyo a Saravia no era el de antaño. El final se mostraba previsible, aunque no faltan quienes se preguntan sobre una posible historia muy diferente si desde Brasil o Argentina le hubiera llegado antes a los alzados el armamento prometido. O si Saravia se hubiese sentado a discutir directamente con Batlle y Ordóñez. Apoyarse en estas hipótesis avenidas a lo que se conoce como la historia contrafactual (lo que hubiera sido si…), parece una práctica de escamoteo de unas condiciones históricas objetivas que iban a traer inevitablemente como consecuencia más temprano que tarde idéntico resultado. Es así que el 1º de setiembre en la batalla de Masoller, donde tradición y cambio miden fuerzas por última vez, se sofoca drásticamente el levantamiento imponiendo la autoridad del gobierno central. Saravia moriría días después en Brasil a causa de una herida de bala que se continúa insistiendo fue producto de un certero disparo hecho por un profesional especialmente traído al país a tales fines. El país abre una nueva página. A la violencia inherente a los combates, se sumaba una morbosa crueldad en el trato de unos prisioneros normalmente sometidos al degüello, función para la cual no faltaban especialistas. El cuento “El otro duelo” del argentino Jorge Luis Borges, inspirado al parecer en un hecho real, es particularmente ilustrativo al respecto.
Batlle y Ordóñez y el Estado de Bienestar
A punto de partida de la pacificación definitiva del país, se va creando una favorable coyuntura en varios campos que permite al presidente José Batlle y Ordóñez dar un extraordinario salto adelante. Hombre de sólida formación política y cultural (en su hogar se hablaba en francés), se afilió resueltamente a un positivismo que captaba en esos tiempos cada vez más adeptos. En consonancia con esta corriente, descreyó de la religión y mantuvo fuertes diferencias con la iglesia católica, las que en ocasiones se hicieron públicas a través del diario El Día.
En su primer mandato (1903 – 1907), mediante una eficiente y avanzada política de previsión social y derechos del trabajo, se obtuvieron los logros que con más legítimo orgullo lucía el mandatario colorado: extensión de los servicios jubilatorios, pensiones a la vejez, ley de ocho horas, descanso semanal obligatorio, indemnización por accidentes del trabajo, etc. Uruguay se había transformado en el primer estado de bienestar del continente.
En lo institucional cabe destacar la creación o nacionalización de los Bancos de la República, Hipotecario, de Seguros (lo que le valió amenazas no demasiado veladas de Gran Bretaña), los servicios portuarios, eléctricos, tranviarios, de cabotaje y el Frigorífico Nacional, entre otros.
Ya en la segunda década, se crearon cursos para la formación de técnicos, adecuando la enseñanza a las necesidades de las empresas, en particular a las estatales. Esta política fue interrumpida durante la presidencia de Feliciano Viera (1915 – 1919), quien entendía que lo hecho por su correligionario podía tildarse de un avancismo a outrance que llevaba “camino del soviet”. Sin embargo, la senda iniciada por Batlle y Ordóñez fue continuada más adelante por uno de sus más decididos adeptos: Baltasar Brum, el joven que con 33 años asume un gobierno que va de 1919 a 1923.
Pero para una Europa que se miraba el ombligo, no estábamos demasiado valorados y quizá por ello los avances citados no tuvieron en general el eco ni el reconocimiento que merecían. Hizo falta que llegaran los Juegos Olímpicos de 1924 de París y que nuestro equipo de fútbol obtuviera la victoria de Colombes. Un periodista de nuestro medio comentaba al respecto en un lenguaje algo altisonante, pero con un muy lícito espíritu reivindicativo: “Hoy fue el Uruguay quien reveló en las justas dignificatorias del músculo de lo que eran capaces estas naciones nuevas de un continente que se le supone viviendo aún, en muchas de sus manifestaciones sociales, la vida primitiva y salvaje de sus aborígenes. El Uruguay ha revelado que existe otra América, cultural y científica, que se desconoce y en la que todos los valores del espíritu se cultivan”. Estábamos en la vitrina del mundo y casi sin querer habíamos inventado la vuelta olímpica.



