LA CASA QUE NO PUDE VACIAR
Marisa Silva Schultze
Es escritora y profesora de historia (Uruguay, 1956). Ha publicado libros de ficción y ensayos. Su obra ha sido premiada en varias ocasiones. El relato que publicamos pertenece al libro El faro de arena, muestra de literatura uruguaya contemporánea.
Por qué los zapatos fueron quedando –inútiles– y mudos sobre el piso, nunca lo supe. Puedo asegurar, sí, que no fue una decisión premeditada o que no hubo en ello un gesto deliberadamente metafórico.
Una dice dos meses, una dice en el plazo de dos meses la casa debe quedar vacía. Y lo dice así, con liviandad, pronunciando rápidamente las vocales y las consonantes de la palabra casa, de la palabra vacía. Esa repetición de la a. Ese modo ingenuo de llegar a un final y comenzar de nuevo. La ilusión circular que lleva a creer que siempre hay otros que están a punto de empezar su futuro. Pero dos meses no son dos meses, son apenas las horas que quedan entre un trabajo y otro, son apenas las horas de luz porque a la casa ya no le llega casi nada del afuera, ya no le llega, por ejemplo, la electricidad. Entonces, dos meses son diez o quince tardes apuradas en que es preciso mirar, revisar, romper, regalar, distribuir, vender, guardar. Y los zapatos fueron quedando. Negros, grandes, deformados.
Mi madre dejó en la casa su convicción de que nunca se moriría. Supongo que tuvo muchas veces miedo de morirse. Pero no en los últimos años, no justamente antes de morirse. Debe haber tenido miedo cuando jugaba en las vías del ferrocarril pero, entonces, era una niña, y el miedo, tal vez, haya sido más bien un modo transparente de ponerse triste por otras cosas. Debe haber tenido miedo después, cuando siendo adulta, sentía que era una pena abandonar el mundo. Pero cuando se hizo vieja parecía haberse convencido de su inmortalidad. Luchaba contra las enfermedades –las reales y las probables y las por si acaso– con un gesto decidido, como quien está acostumbrado a no morirse. Eso es, quizá, ser viejo: no haberse muerto durante mucho tiempo; haber tenido ya demasiados miedos inútiles.
Así que no había ninguna señal en la casa de un cierto orden: ni una selección de papeles, ni un haber revisado diarios o fotos; en ningún rincón se podía descubrir una disposición suya a lo leve o un pudor que la hubiera conducido a una opaca y ambigua austeridad. Cada cajón, cada estante del ropero, cada lugar de la casa, parecían dejar constancia de que la muerte había sido brusca, intempestiva, tajante. Todo lo contrario a esa larga y lenta caída que fue su modo de morirse.
Fueron dos meses durante los cuales fui vaciando de rincones la intimidad de mi madre. Fueron algunas tardes en las que, por momentos, sentí que era yo y no el tiempo la que le estaba robando a ella su mundo.
Y era difícil andarse rápido. Los recipientes se iban llenando de papeles, de promesas de poemas, de borradores de cartas, de fotos de gente que yo no conocía y sobre la cual –como en tantos otros asuntos– no atiné a preguntar a tiempo. Las rompí con prudencia, como si interrumpiera con mis gestos una conversación en otro idioma. Imaginaba que los hijos de esos desconocidos también harían lo mismo con sus respectivas copias y que mirarían el rostro de mi madre joven sin saber de quién era esa mirada altiva y orgullosa y que los fragmentos del rostro de mi madre, antes de ser mi madre, andarían en otras bolsas de basura, en otras calles de la ciudad.
Y así, en el living, se fue sumando la verticalidad engordada y deforme de las bolsas negras con tarjetas de fin de año, con invitaciones a cumpleaños, con recortes de diarios sobre astronomía o política, hojas con sumas y gastos, recibos de sueldos y garantías caducas de objetos que ni siquiera tuvieron la amabilidad de recibírmelos en el remate del barrio.
Pero los zapatos fueron quedando. Allí, en un ángulo de lo que había sido su habitación durante cincuenta años. Unos zapatos negros, de taco bajo, de punta redondeada y curiosa. Un zapato izquierdo levemente inclinado hacia un afuera que quedó inconcluso, abierto, incierto. Un zapato derecho que parecía menos usado que el izquierdo, como si mi madre, con ese pie, se hubiera despegado primero de la tierra, lo hubiera cansado menos. En el zapato izquierdo, sin embargo, se notaba ese modo suyo de pisar un poco inseguro y, al mismo tiempo, altanero, autoritario. Hoy pienso que las huellas de las personas –más que sobre los pisos y las calles– quedan marcadas en la forma intransferible y única de sus zapatos. Pero esto no lo pensé entonces, lo aprendí mucho después, cuando ya la casa había quedado hueca y las vibraciones de mis silencios iban haciendo ecos en la inclinación de mis urgencias vespertinas.
No había sido su muerte la primera en impedir que ella usara sus zapatos. Y eso se notaba. En primer lugar se notaba en el propio hecho de que estuvieran ahí. Mi madre se había ido de su casa mucho antes que ellos y era como si ella hubiese decidido dejarlos ahí como testigos, como inspectores, como últimos delegados de su identidad. Sin embargo, lo que le pasaba a aquellos zapatos era otra cosa. Era como si no terminaran de acostumbrarse a su quietud, como si, allí, sobrevivientes a cada una de mis tardes, quisieran demostrar la imposibilidad de ese último vacío.
Los objetos, los grandes y los pequeños, los útiles y los imposibles, atravesaron la puerta como si en vez de ser éste un asunto de espacios fuera una mudanza de hábitos y de expectativas. Se dispersaron silenciosos y cabizbajos aunque yo les adivinaba –bajo mis apuros– un algo parecido a un grito o a una intuición.
En la parte de atrás de un camión quedó salvada y unida la madera, la vieja madera que nos sostuvo desde siempre. La madera que había salido artesanalmente de la carpintería del barrio y que había sido hecha a medida de deseos que yo fui desarmando o que, ahora que lo pienso, se fueron desarmando año tras año. El camión recorrió decenas y decenas de kilómetros para que la biblioteca, el ropero, los sillones y la cómoda pudieran, con tanta distancia, lograr, en otro espacio y lejos, ser dóciles a otros deseos, a una vida nueva.
Unos días después volví a entrar a la casa. Abrí las ventanas para que el aire y la luz y el presente pudieran contagiar a las cosas que aún quedaban, de un cierto movimiento, de un algo que les aliviara de tanto esperar lo que ya no sucedería nunca más. Cuando las casas se van vaciando les va sucediendo un tono triste, no tienen aún esa señal de promesa y apuesta que les da, después, el vacío total. Mientras tanto, lo que va quedando, lo que por alguna razón no fue elegido primero ni segundo ni tercero, los objetos que persisten, ese centro de mesa que vemos apenas entramos, ese libro que se cayó en el suelo y que –inexplicablemente– no recogemos, esa toalla colgada en el baño como si alguien la hubiera usado ayer o la fuera a usar mañana, esos objetos incómodos que van sobrando y se amontonan sobre una vieja silla, cada cosa ahora ya aislada de las otras que siempre estuvieron con ella; todo eso va empezando, día a día, como a desteñirse, a envejecer más rápido, a dibujar una vaga melancolía que se hunde en el aire encerrado y húmedo de la casa.
Me sorprendía abrir la puerta y ver esa quietud. Era como si los objetos supieran, por primera vez, que podían pasar los días y los días y que nadie los lograría romper, que ya no había ni una remota posibilidad de gastarse y era, justamente esa ausencia de riesgo, esa posibilidad de eternidad encerrada, lo que los iba envejeciendo, cubriendo de un polvo que no era de trajín.
Pero los zapatos no. Con los zapatos no ocurría nada de todo esto. Allí estaban: ufanos, dispuestos, a punto de un pie que los calzara, los moviera, les encontrara un futuro de vereda y calle. No puedo decir que fue por esto que los fui dejando y dejando. Yo los miraba y era como si ellos, con esa nostalgia que sienten los zapatos viejos, me convocaran a un entendimiento. Pero yo me dedicaba a todo lo demás. Y todo lo demás era mucho, era lo suficientemente abrumador como para que yo pudiera tener la necesaria distracción que ellos me reclamaban.
Al fin la casa quedó vacía. Hacía cincuenta años que no estaba así y creí advertir, en cierto temblor de las sombras cuando empezaba la noche, que las paredes se ruborizaban, que al aire lo envolvía aún un olor humano. Percibí, enseguida, que pronto podría venderla y que otros rápidamente le sacarían ese color a extrañeza que la envolvía.
Concentrada en papeles y en trámites, en últimas diligencias y en recuerdos, volví una tarde para confirmar que las puertas y las ventanas habían quedado bien cerradas, que los pisos estaban dignamente limpios y que, al fin, podía ir a entregar la llave a una inmobiliaria.
Fue entonces cuando los volví a ver allí, en el ángulo izquierdo del cuarto, debajo de la ventana, como avisando de algo en un lenguaje que yo no alcanzaba a comprender. Parecían un espejo o un testamento.
No me atreví a sacarlos. Hubiera sido como forzar un destino o como inventar un olvido. Me acostumbré a visitarlos. Todas las tardes, mientras la casa siguió vacía – quiero decir casi vacía–, abría la puerta, iba hacia el cuarto, nos mirábamos y nada más. No hubo entre nosotros otro suceso que, con palabras, pueda contarse.

