Primer premio en el segundo concurso literario organizado por la Casa del Uruguay en Barcelona, publicado en el libro La Casa que escribe.
El huésped posible Andrea Arismendi 1.
La noche se cerró violenta sobre la casa. Escandalosa de truenos, le recordaba aquellos lejanos días de misterio infantil, cuando solo se iluminaban con un farol durante las tormentas. Sesenta años habían pasado desde que había llegado la luz eléctrica al pueblo. Sin embargo, ahora que todo parecía más claro, el mundo se iba achicando para él. Miraba tras las ventanas la furia de la naturaleza hostigando la tiniebla, queriendo disciplinarla o castigarla por algún pecado desconocido. El corazón se le removía incómodo en el pecho. Cuando Susana estaba en casa era más fácil sobrellevar estos temores, pero desde que había muerto, la imaginación se le llenaba de fantasmas y espasmódicos escalofríos le recorrían todo el cuerpo.
Cada poco lograba ver, entre el vaho de los cristales, bajo los blancos destellos, las violas odoratas del jardín, cerradas también a la noche, a causa de la noche. Estoicas al azote, tal vez no vivirían para contarlo. De pronto una centella que pareció gritar desde el fondo del cielo, lo dejó ver al forastero. Venía luchando contra el viento y la lluvia. Anónimo bajo una gruesa gabardina, sus pasos firmes, clavados en la tierra, lentos, le recordaron una de esas pesadillas en la que el protagonista no puede avanzar por más que lo intente. El otro estaba a unos cuarenta metros de su casa. Durante un segundo su mente reflexionó que, estando frente al mar, tal vez se tratara de un pescador perdido, aunque una multitud de pensamientos raros se le apiñaron y de inmediato olvidó ese, el más razonable de todos. Aterrorizado apagó las luces y recorrió de memoria, solo guiado por su tacto, los dos pisos de la casa, cerciorándose de haber trancado cada abertura. Hombre que anda a esas horas y con esa tormenta, ni hombre debe ser, ni nada bueno puede traer consigo. Si su esposa viviera se burlaría de sus sobresaltos. Lo llamaría pusilánime, cobarde, mamarracho y todo eso que ella solía pronunciar entre carcajadas. El fastidio y la humillación que siempre le causaron sus chanzas le revolvió el estómago. Sabía que eran parte del desprecio que guardaba en su corazón por haber tenido que casarse con un hombre que ni siquiera le caía tan bien. Un flojo que había heredado unas tierras y una linda casita y que podría darle un buen pasar. Nada más. Era lo mejor a lo que se podía aspirar en ese pueblo. Al final, aunque no se quisieran lo suficiente, ese matrimonio arreglado era una buena compañía, tanto que ahora el hombre solitario la extrañaba y la soñaba cuando al nadir la inquietud lo espoleaba.
—¡Señor, ábrame la puerta!
La voz le estrujó la garganta hasta los pulmones. Tres golpes rudos y cadenciosos, seguidos de un potente grito le borraron las ensoñaciones. Contuvo todo lo que pudo el aire y se fue agachando con dificultad para esconderse tras un sofá. Esto era culpa de su hijo, que había colocado un cartel en la entrada de la casa, justo en la portera. Se alquila habitación para hombre solo. ¿Para qué le dejó hacer? Uno piensa que en un pueblo de tan pocos habitantes nadie va a precisar alquilar una habitación. Sin embargo, ahora había un forastero tras la puerta, golpeando insistente y furioso.
Cuando sus padres llegaron a América huyendo de la persecución y de la guerra, se instalaron frente a la costa atlántica de Rocha, tal vez para no olvidar que venían del otro lado y que lo habían dejado todo del otro lado del mar un día de enero de 1938, cuando subieron al Santa Eulalia en el Port de Barcelona, valientes y esperanzados. Ahorraron, peso tras peso, hasta poder comprar esas tierras que serían algún día el orgulloso patrimonio de su hijo. Ahora estaban muertos hacía tanto y él era solo un viejo asustado que se escondía como un niño.
—Don, ¿me va a abrir de una puta vez o le tengo que tirar la puerta abajo?
Los golpes ya no eran cadenciosos; la rabia iba ganando espacio en el individuo. Como pensó que seguramente con el tamaño y fuerza que parecía tener, el extraño le derribaría la puerta en cualquier momento, optó por gritar desde adentro.
—¿Qué quiere? Si lo que busca es una pieza, ya no hay lugar. Vaya a otra parte.
—Vamos señor, abra la puerta. Misericordia. Mire cómo está la noche.
—Le dije que no hay lugar. Aquí dormimos. Retírese a otra parte.
Los golpes volvieron a sonar, repicando por toda la casa, confundiéndose con los truenos.
—¡Don Atilio, ábrame la puerta, por piedad!
Ahora el forastero lo llamó por su nombre y su temor se mezcló con una especie de perplejidad incipiente. Tal vez se trataba de algún conocido, algún vecino.
Se incorporó gradualmente, rearmando su valentía y su cuerpo. Rememoró las imágenes de una tormenta en altamar en la que se perdió durante un mes con unos pescadores. La única vez que se había alejado de su hogar fue días antes de que Susana diera a luz. Ella se había vuelto hiriente, cínica, sus palabras lo repudiaban y escupían con el tono descarado del resentimiento. Salió, entonces, un atardecer y se fue a caminar por la playa. Llegó hasta el puerto y decidió que se iría con los de un barco pesquero. No llevó nada. No avisó a su familia. Quería, por una vez, entender la libertad. Quería no tener que odiar más a esa mujer.
Cuando llegó hasta la puerta tocó sin buscarlo, en la penumbra, los pies de una pequeña escultura, réplica en bronce de la Virgen patrona de Santa María del Mar que la familia de su esposa les había regalado el día de su casamiento. Ellos la colocaron en un nicho a la entrada de la casa, a modo de protección divina contra todo peligro. Le vio el brillo de la coronita bañada en oro alumbrada por un relámpago intenso y sin ser religioso, por primera vez en su vida, se encomendó devotamente a ella.
2.
—Gracias, don Atilio. El viento mezclado con el frío y la lluvia es demasiado peligroso para el cuerpo. Se me dificulta respirar. El pecho se me ha cerrado.
—Claro —dijo don Atilio, aún parado al lado de su virgen, aterrado por lo que acababa de hacer.
—Tráigame ginebra y présteme, al menos, unos pantalones. Yo enciendo la estufa. Así no se puede estar con esta noche. Vaya, que mientras, yo preparo el fuego.
Don Atilio ya no era hombre sino un despojo miserable. Preparaba el vaso sobre la amarillenta mesada de mármol de la cocina con las manos temblando descontroladamente. ¿Cómo era que el desconocido sabía su nombre? Y más raro, ¿cómo sabía que la única bebida con alcohol que había en su casa era ginebra? En otros tiempos su esposa le recriminó tanto que bebiera alcohol que lo había abandonado para complacerla. En estos últimos años tenía siempre una botella en su alacena, reservada para noches como esta, en las que dormir se le hacía imposible. Uno o dos vasos, y el cálido efecto subía a los ojos, le rodeaba el alma, dejándolo adormecido y confiado.
Le sirvió al forastero que estaba frente a una todavía pequeña hoguera y este bebió el vaso de un solo sorbo. El viejo se quedó de pie contemplándolo de cerca mientras aquel se quitaba sus botas y el abrigo impermeable. Era un hombre alto, fuerte. Tal vez en su juventud Atilio había tenido ese tamaño, pero la vejez lo había encogido como a un trapo muy usado. Tenía el cabello castaño; sus ojos eran oscuros; su edad, indefinida. Algunas canas comenzaban a insinuarse en las sienes. El hombre se agachó a soplar sobre el fuego para atizarlo mientras se quitaba los tiradores de sus hombros. Elevó la vista, un poco desconfiado a su vez. Vio a Atilio parado a su lado, mirándolo fijamente, sosteniendo todavía una bandeja con un solo vaso.
—Traiga otro vaso, don, y la botella. La va a necesitar.
Con el escalofrío azuzándolo, Atilio trajo la botella y un vaso ya servido que bebió a su vez, con un sorbo tan enérgico que le dejó doliendo la faringe. Colocó la bandeja sobre una pequeña mesa frente a la estufa y cuando se disponía a servir nuevamente, el intruso, ya incorporado, le tomó una mano.
—Los pantalones que le pedí. Y una camisa, si no es mucha molestia.
La sonrisa seca, de labio cerrado, le arrugó la mitad de la cara. Don Atilio, resignado, subió hasta su dormitorio a buscar ropa para el extraño. De reojo vio la sepia fotografía colgada sobre la cabecera de la cama, tomada el infausto día de su casamiento e imaginó el rezongo lacerante de su esposa. Cobarde, estúpido, crédulo, voluble. Giró con los ojos llorosos y enfrentó el retrato.
—¡Qué vieja de mierda! ¿Por qué no me maté antes? ¿Sabés qué? Tenías razón. Soy un cobarde. Tendría que haberme tirado en el mar. Morir entre tiburones habría sido un alivio comparado con la tortura de vivir contigo, vieja bruja.
Dando un portazo, salió de su habitación. Mientras bajaba las escaleras vio al hombre, sentado desnudo en un diván. Fumaba un cigarro armado y lo miraba con una risa hilarante.
—Pero cálmese, don, que la vieja ya es fiambre. Sáquesela de la cabeza o se va a quedar chalado para siempre. Venga; tómese unos tragos conmigo. Yo lo sirvo. Brindemos por los que se quedaron en el mar.
El desconocido se visitó con las nuevas ropas y colgó las suyas frente a la estufa. Se reía del pobre viejo que, encorvado y hundido en un sofá, miraba el fuego con la cara roja por el enojo.
—Tal vez tenía razón la vieja. Usted es un pusilánime. ¡Mire que venir a gritarle ahora que es pura tierra! Si se levantara seguro que lo deja frito con un par de bofetadas.
El ceño de don Atilio, arrugado igual que su boca, parecía cruzarle todo el rostro.
—Igual se va en breve, así que no sea mal educado. Y cállese o despertará a mi inquilino.
—¿Inquilino dice? Pero qué hombre mentiroso. No me diga que me tiene miedo —le dijo mientras se paraba con su vaso por la mitad.
Se acercó a don Atilio y le acarició la cabeza. Su mano le tocó el suave y escaso pelo blanco, bajó delicadamente por una mejilla y se detuvo en su cuello al que de improviso aferró con fuerza. Reaccionó el viejo. Dándole un golpe en el brazo se paró lo más rápido que le permitieron sus años.
—¡Váyase! —le gritó horrorizado y más confundido que antes.
El despreciable huésped se llevó el dedo índice a la boca y le hizo un gesto pidiéndole silencio.
—No tiene sentido gritar. Venga, le voy a mostrar algo —y señalando una ventana, lo condujo hasta allí, con un brazo posado sobre sus hombros.
—Mire bien.
—¿Qué? ¿Qué quiere? ¿Quién es usted?
—¿Ve? No hay nadie. Estamos solitos aquí. Unos cuantos kilómetros de soledad a la redonda. ¿Me entiende?
—¿Quién es usted? ¿Quién es?
—Pero amigo, ¿no se ha dado cuenta aún? Tenía razón la vieja esa. Usted es bastante estúpido.
El extraño se encaminó nuevamente al fuego. Parecía alegre y hasta borracho. Comenzó a silbar una canción mientras se servía un nuevo vaso de ginebra hasta el tope.
—¿Qué es eso?
—¿Esto? —y levantó la botella con gesto interrogante. Gi-ne-bra —deletreó a la vez que hacía equilibrio para que el líquido no cayera.
—No, no. Lo que estaba silbando.
—Es raro que un hombre que estuvo perdido en el mar y regresó no conozca esa canción.
Don Atilio de pronto emitió un sonido fuerte, como una risa, un destemplado ja imprevisto. Pero estaba muy serio. Miraba incrédulo a su interlocutor. El calor se le iba escurriendo por todo el cuerpo. Había sido el único que había regresado de aquella aventura marítima. Los demás, todos muertos hacía cuarenta y seis años, tres meses y dos días.
—¿Quién es usted? —preguntó pausadamente, estrenando una calma que nunca había tenido en su vida.
—Don Atilio, la pregunta está errada.
El anciano encaró al otro y lo miró duramente a los ojos.
—Devuélvame los pantalones y váyase ahora mismo.
—Uh, los pantalones, justo, que me calzan casi como si fueran míos.
Lo empujó con rabia contra la estufa. Una cólera sentida pocas veces antes se apoderó de él. Entre empujones, el otro, más joven y más fuerte, se reía con ganas.
—¡Pobre don Atilio! ¡Viejo cornudo! Nunca vas a descansar.
Atilio gritaba, herido en su orgullo, casi como un animal moribundo. Rendido física y emocionalmente, se dejó caer, llorando, en el piso.
—Mi esposa me dijo que se había acostado con muchos hombres de este pueblo. Me lo dijo unos días antes de que naciera mi hijo, o ese a quien yo llamo mi hijo. Todos se burlaban a mis espaldas. Todos. Hasta aquellos pescadores idiotas. ¡Hasta esos cerdos se habían acostado con ella! ¡Qué odio, por dios! Pero no se rieron nunca más. Toda la noche estuvieron bebiendo y haciendo bromas sobre mí; horrendos comentarios sobre mi intimidad y la de mi esposa. ¿Imagina ahora por qué fui el único en regresar?
El visitante volvió a acercarse al viejo. Le tocó otra vez la cabeza, como si se tratara de un niño necesitando una madre. Se agachó para mirarlo de cerca. Don Atilio se secaba las lágrimas con sus manos.
—¿Quién es usted?
—La pregunta no es esa —dijo el extraño sonriendo con ojos brillantes por la borrachera.
Atilio se levantó con sus últimas fuerzas y lo empujó hacia la estufa. Esta vez logró hacerlo caer allí adentro. Hecho un trompo de fuego, se levantó aullando y girando. Fue encendiendo todo lo que encontraba a su paso. El viejo lo miró durante unos breves minutos. Afuera ya no llovía y comenzaba a amanecer. Descolgó su abrigo de la percha, a un lado de la puerta. Se colocó su gorra y su bufanda. Tocó con respeto y afecto la corona dorada de la Virgen. El extraño aún se movía.
Desde una corta distancia miró su casa. Una hoguera gigante, encendida, crepitante se sacudía mientras despuntaba el sol.
3.
—¡Papá! Pero, ¿qué pasó? —exclamó un hombre mientras se bajaba nervioso de un vehículo a unos metros de lo que había sido una gran casa.
Un bombero lo contuvo y alertó sobre las pérdidas totales de la propiedad, sobre la declaración de su padre acerca de la presencia de un extraño que, en un estado de demencia repentina, se había introducido en la casa y provocando el incendio, había muerto en él. No se había hallado ningún cuerpo. No había ninguna evidencia por más que revisaron a fondo el lugar donde había estado la sala. Le insinuaron que lo más probable era que el propio hombre hubiera iniciado el incendio. El hijo observaba al anciano que sentado en un tronco, a unos metros de él, se levantó repentinamente con la vista fija en algo que estaba en el suelo. Se agachó y recogió un papel del suelo húmedo. Mirando a todos comenzó a gritarles, mostrando una fotografía, sacudiéndola en el aire como evidencia de lo que antes había declarado.
—¡Aquí está! Este es el hombre. Es este. Quería matarme, quería acusarme de un crimen. ¡Miren! Decía que yo asesiné uno por uno a aquellos que se quedaron en el mar.
El hijo del viejo se acercó intentando calmarlo ante los gestos asombrados de todos los que observaban. Tomó la imagen a la vez que luchaba en vano por tranquilizar a su padre.
—Papá…
—¿Qué? –preguntaba, una y otra vez al hijo con voz titubeante.
El hijo le colocó la fotografía a la altura de los ojos, sin atreverse a decir nada más. Atilio examinó el rostro del joven parado en la cubierta de un barco pesquero. Reconoció con sorpresa, aturdido, su mirada triste de hacía tantos años. Fue quedando pálido y turbado. Se llevó una mano a la boca, que se le había abierto con expresión aterrada en el preciso momento en el que entendió cuál era la pregunta.


